Me despierto en medio de la madrugada a alimentar a Tomás, mi hijo. Sin miedo a decirlo puedo decir que es la mayor alegría que he tenido en mi vida. Claro que uno tiene distintos tipos de alegría, existen eventos que cambian la existencia y nos hacen ser personas tan distintas que a veces nos desconocemos.
Después de leer el blog de Paula, una compañera de universidad, devuelvo mis recuerdos a ese enero de 1999 en el que tenía 16 años y en el que estaba a punto de entrar a estudiar la licenciatura en lingüística y literatura, hecho que me cambió la vida profundamente y que me hizo ver la realidad de manera muy distinta a como la veía en ese tiempo.
Recuerdo que a mis 16 era una niña....sí una niña. No como mis estudiantes de 12 y 13 de ahora que tienen afán por vivir cosas de manera acelerada, sólo por el hecho de sentirse grandes. Tenía unas metas distintas a las que tengo ahora (eso es obvio), sólo pensaba en leer, escribir, estudiar, estar con mis amigos de la U y pasarla bien. Era una niña con muchos sueños y pocas responsabilidades, buscaba caminos para crear, crecer y ver la vida de un modo más sensible, modo que por el trabajo, el dinero y la vida misma cambió demasiado.
Recuerdo a esa niña de 16, esa que quería tener el mundo a manos llena, esa que se sorprendía con lo más mínimo porque creía que podía cambiar el mundo. Ahora me veo con casi 30 y pienso si queda algo de esa niña.
Tengo miedo de haber olvidado a esa niña que se sorprendía con todo lo que veía, tengo miedo de que la rutina y la adultez hayan causado estragos, tengo miedo de que mas múltiples responsabilidades me hayan hecho olvidar cómo se lucha para hacer realidad todos y cada uno de mis sueños.
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